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OPERACION CONDOR : RELATO SOBRE LA DETENCION Y TORTURA DE MARTIN ALMADA


El oyente*



Años de plomo le dicen a los de la década del setenta. La dictadura unánime cubre con su sombra toda Latinoamérica. El Paraguay a la cabeza, ejemplo de autoritarismo y fachada democrática. El dictador abocado a la caza de comunistas que, según sus expertos, había que buscarlos hasta en la sopa. Persecución y muerte de los líderes campesinos que dirigen las Ligas Agrarias. Apresamiento masivo de los trabajadores y profesionales que pretenden agremiarse fuera de las asociaciones oficialistas. Represión indiscriminada a estudiantes y docentes. Expulsión de sacerdotes extranjeros que asisten a las víctimas de la razzia interminable contra los opositores del régimen, en general, y los solidarios que reclaman por los derechos humanos. Abiertas hostilidad y censura contra la prensa independiente y directa clausura de diarios y radios en algunos casos. Dentro de este marco de intolerancia y salvaje ejercicio de poder, inventan actividad subversiva contra el gobierno y detienen, bajo las leyes del Estado de Sitio permanente, a cualquier ciudadano que no exhiba simpatía hacia el régimen.

En una de esas tardecitas de San Lorenzo, al caer la tarde pero no el calor, mientras los alumnos nocturnos se acomodaban en sus pupitres, el profesor entró al aula apurado y de urgencia. Antes de cerrar la puerta, echó un vistazo hacia la calle, de donde acaba de llegar. Abrió el portafolio y repartió copias de un texto a tratar en clase, como hacía habitualmente, después de terminar la lección indicada en el manual obligatorio. Saludó a los jóvenes sin mucho entusiasmo, parecía molesto por algo que le ocurrió antes de llegar. Pero abordó la historia del Paraguay desde su ángulo más pesimista, diciendo que en nuestro país la historia se quedó a vivir. El Paraguay es toda historia, poco presente y nada de futuro.



- Cómo puede ser eso posible, nadie escapa de su presente y menos de su futuro -interrumpió un alumno ingénua e irónicamente.

- Creo que me entendieron mal, quise decir que tenemos una rica historia de lucha pero una perspectiva poco alentadora, sobre todo para los jóvenes –explicó el profesor y cundió aún más la confusión.

- Entonces, lo que estudiamos de qué nos va servir – agregó otro alumno como devolviendo el tono pesimista.

- Ahí está la cuestión. Los que no estudian no tiene ninguna posibilidad. Pero los que estudian deben hacerlo bien, porque el programa nos enseña para ser dependiente de un sistema de dominación, no para liberarnos y ser dueños de nuestro destino- aclaró el docente con énfasis.

Cuando el maestro se disponía a explicar gráficamente algo en el pizarrón, irrumpen unos policías armados y gritan ¡alto! como si alguien corriera o pudiese escapar del aula. El profesor quedó paralizado y se entregó mansamente a los hombres que decían venir en su busca. Lo llevaron esposado hasta la patrullera roja y lo metieron a empujones. A lo lejos se escuchaba perder la sirena de la Tercera que transportaba a Martín Almada. Quién sabe por qué motivo, pensaron los alumnos. De inmediato, se hizo presente el Director del colegio y autorizó que los alumnos por la fecha podían retirase a casa, aclarando que las autoridades dispusieron el apresamiento del profesor y que la institución era respetuosa de la ley.

Celestina, al enterarse de que su marido fue detenido, acude con urgencia a la Comisaría Tercera para averiguar su paradero. Por respuesta obtuvo que ella también quedaba en calidad de demorada, no apresada, según le aclaró el principal de guardia, hasta nueva orden superior. La condujeron a un salón contiguo a las celdas, de donde provenían griterío y ruido de las rejas golpeadas por los presos.

Se dejó caer sobre una silla y lloró de angustia. Pensó en los niños que aguardarán su regreso al caer la noche, sin saber lo que le deparaba el destino. En su cabeza giraba la idea de salir corriendo de la comisaría y gritar por las calles su desgracia. La injusticia de ser apresado su marido sin causa alguna, su condición de demorada por averiguar la suerte de su esposo. En un impulso, tomó el picaporte de la puerta para abrir y lo encontró trabado. Volvió a sentarse, buscó una rendija en el cuarto por donde escapar imaginariamente. No había ventana, menos un respiradero siquiera. Ahí cayó en la cuenta de que ella también estaba en una celda pero disimulada. Se sintió observada en medio de esa aislada pieza. Pensó que le veían a través del vidrio oscuro de la puerta. No se equivocó. Alguien le estudiaba minuciosamente sus movimientos y reacciones en supuesta soledad.

Pasaron las horas, ya cerca de la media noche, el picaporte crujió y apareció un hombre con pinta de abogado. Bajó su maletín contra la pared y se sentó sobre la otra silla ubicada en un rincón opuesto. Antes había vuelto a cerrar la puerta y guardó la llave en un bolsillo interior del saco. Sin pronunciar palabras, observaba a Celestina en el otro rincón que permanecía con su cabeza gacha. El hombre ni siquiera había saludado y seguía tras sus gafas escudriñando a la mujer que tampoco buscó contacto, aturdida tal vez por algún mal pensamiento.



- ¿Por qué apresaron a Martín? –preguntó enfurecida Celestina al hombre que parecía deleitarse en su silencio y mirada intimidatorios.

El hombre ni se inmutó. Siguió clavando su mirada en Celestina, ajeno a toda inquietud humanitaria.

- ¿Y…a mí, por qué? – interrogó la mujer y se paró frente al inconmovible y callado interlocutor.

- Sólo soy el oyente, no sé nada de la causa –contestó algo preocupado por la furia de la mujer y le sugirió que vuelva a sentarse.

- ¿Qué oyente? –increpó más rabiosa Celestina, aunque obedeció y volvió a la silla.

- Sí, como los oyentes de la escuela, pero yo soy de la justicia – trató de explicar el hombre con económicas palabras.

- ¿De qué justicia me habla? –saltó de nuevo de su asiento y tomó el picaporte como para salir, pero luego se acordó que el hombre tenía la llave.



El ambiente se volvió irrespirable. Celestina estaba furiosa caminando de un lado a otro, los pocos metros de la sala. El hombre se levantó y permaneció atento por si la mujer intente agredirle. Esperó en silencio que vuelva la calma en la mujer. Parecía estar acostumbrado a enfrentar situaciones similares, como profesional en la materia.

De repente se sacó los anteojos, invitó a Celestina con ademanes que retome el asiento y permanezca tranquila. Ella ya estaba como abatida por el manejo psicológico de la situación que hacía el hombre desconocido, en medio de la noche, en una sala de pocos metros cuadrados. Abrumada por la idea de que su marido fuera maltratado a esas horas por los agentes del dictador, en manos de los temibles Alberto Cantero y Pastor Coronel.



- ¿Ud. debe saber por qué fue apresado su marido? –inquirió el hombre como buscando sonsacar algo de la mujer o enfurecerla más.

- Y Ud. es un insolente Mi marido sólo es profesor de un colegio de San Lorenzo. Acaso es delito ser profesor? –respondió sobre como atropellando la injuriante pregunta.

- Le aclaré que yo desconozco por completo el motivo, tampoco me incumbe. Sólo soy oyente. Como los niños que van de oyentes a la escuela antes de inscribirse en el primer grado, pueden escuchar todo pero no intervenir en clase. Mi función es igual, puedo escucharle pero no hablar, menos dar explicaciones –amplió el hombre sobre el papel que cumple.

- También yo soy profesora, con mucha honra, pero estoy en busca de mi marido. Aquí estoy, me dijeron demorada, bien presa…-se largó a llorar sin haberse propuesto.



El hombre se paró y caminó hacia la puerta. Tomó su maletín. Lo abrió y sacó un reloj de bolsillo, miró la hora y lo volvió a guardar. Celestina seguía el movimiento entre llantos, esperanzada de que termine de una vez la pesadilla y el juego macabro.



- Si Ud. no habla, me hace competencia, va terminar escuchando hasta lo que no quiere escuchar – dijo el hombre en tono de comentario al paso.

- Ud. me está amenazando y no va quebrantar mi voluntad de liberar a mi marido, sano y salvo –desafió Celestina retomando el espíritu inicial con que había llegado a la comisaría.

- Lo que Ud. calle su marido tendrá que hablar y será oyente conmigo de esa confesión –anunció en un tono arrogante para lograr cooperación.

- Qué quiere que le cuente, una fábula de conspiración o un plan armado para justificar el absurdo apresamiento –se desbarrancó de su prudencia Celestina y pateó la silla en señal de rabia incontenible.

- Su marido no sólo es profesor que habla de la educación como camino a la liberación, también agremia a sus pares y los conduce contra el gobierno…-agregó sorpresivamente el hombre y pareció salir de su paciencia.

- Por lo visto no solo oye, señor, también habla acorde a la prédica de los insultantes fanáticos del gobierno –contestó parada a un paso de la cara del oyente.



El hombre perdió su compostura en apariencia. Levanta la mano enérgicamente e indica a Celestina para que vuelva a la silla, que tuvo que recomponer para utilizarla como asiento, después de haberla pateado. Ahora empieza a caminar el hombre de un lado a otro, como con ganas de cambiar el modo de llevar la conversación. Tomó su maletín y extrajo nuevamente el reloj, miró fijamente la hora, y lo volvió a guardar con sumo cuidado. Pero Celestina notó que no devolvió el maletín en su lugar, lo mantuvo en su mano. Se acercó a la puerta, cambió sus anteojos por otros más oscuros todavía. Mira hacia fuera como buscando a alguien a través del vidrio que no dejaba ver nada a simple vista. Sin usar su propia llave, alguien abrió la puerta y apareció un policía uniformado de jefe o comisario.



- Nos acompaña, por favor –dijo el oyente y mostró un pasillo poco iluminado que conduce al fondo de la comisaría.

- ¿Ahora qué?- interrogó Celestina y caminó a desgano mirando hacia fuera de la dependencia.

- Debió hacerme caso, señora, ahora resulta tarde para hablar, sólo debemos escuchar – dijo el hombre y le invitó que entre a la sala que acaba de abrir el policía.

- ¿Es oficina o celda? –preguntó casi ingenuamente a esa altura de la cuestión y la noche.

- Es una sala de oyentes –contestó el hombre y cerró con llave desde adentro, después que el policía ocupó su lugar, detrás de un mostrador, en la misma sala.



A diferencia del cuarto anterior, Celestina percibió que éste tenía una luz blanca muy intensa y le dificultaba abrir los ojos y mirar a los otros. El policía invitó a tomar asiento. Caso seguido, comenzó a preparar unos cables y sacó de un armario dos pequeños bafles. Ante la mirada interrogadora de la mujer, el uniformado sonrió y trató de tranquilizarle.



- Vamos a escuchar… - comentó contento, como alguien que prepara para compartir entre amigos un disco nuevo.

- ¿Escuchar qué? Yo vine a rescatar a mi marido, no a escuchar…nada –reprobó el planteo y se puso de pie, esperando alguna respuesta coherente.

- Escuchar a su marido –agregó el oyente que recuperó su posición de deleite al someter a Celestina en sus planes psicológicos.

- ¿Cómo escuchar a mi marido? ¿Dónde está él? –sondeó alteradísima y miró a los elementos del sonido como para agarrarlos y armarse contra los dos hombres que le tienen a su antojo.



El oyente se interpuso y le sugirió que se calme con amenazantes ademanes. Celestina ya pareció renunciar al juego de las palabras y los silencios cargados de intimidaciones. Se alejó a un rincón y desafió a los hombres que apuraban las conexiones y preparativos para poner en funcionamiento el equipo. Tomó el respaldo de la silla como apoyo y comenzó a increpar a grito a los acompañantes.

- Uds. se creen valientes y profesionales con una mujer indefensa, mujerines- insultó Celestina ya dispuesta a todo.

- Estamos trabajando, señora –dijo el policía algo ofendido.

- Qué bien, maltratando al prójimo. A eso llaman trabajo, desechos humanos – devolvió con asco su respuesta.

- Ahora Ud. misma será oyente como nosotros – dijo el uniformado y dio vuelta el pesado mostrador, hecho de madera maciza labrada, que por dentro tenía un sillón con cuerdas parecido al que se utiliza como silla eléctrica.



En un descuido Celestina fue tomada de atrás por el oyente y le sentó de golpe en la silla. El policía, en un parpadear, le ajustó las cuerdas y ella quedó atrapada. Le vendaron la boca y prendieron el equipo de sonido. El alarido de dolor que dejaba escuchar el grabador, le hizo retorcer en la silla a Celestina, pero no podía gritar ni hablar por la venda. Los hombres tomaron asiento y le observaban complacidos. No había duda, era una sesión de tortura, alguien que estaba siendo molido a palos o sometido al contacto de la picana eléctrica. Entre gritos espeluznantes y gemidos cercanos a la muerte, se escucha de repente con claridad.

- Soy Martín Almada, me están matando en la tortura...me están picanenado, estos Aña memby... ayyyyyyyyyy, carajo, cobardes de mierda!!! -profería el torturado a través de los bafles.


Celestina de tanto forzar las cuerdas y tratar de expresarse se desvaneció en la silla. El policía cortó el sonido. El oyente abrió la puerta y llamó a grito a alguien. Vino un enfermero, por lo visto estaba de guardia en la comisaría o se vistió para la ocasión. Tomó el pulso de la mujer y tranquilizó al oyente, que aprovechó para tomar un refresco. Se secó la frente con una toalla, colgada al lado de la puerta, preparada para los que trabajan en esa sala. Celestina volvió en sí y jadeó el nombre de Martín. Le devolvieron en la primera sala, mientras se iba despertando lentamente del desmayo. Le hicieron beber algo, ella tosió al tragar el liquido. Gritó auxilio y el policía le cerró la boca con la mano.

- Cállese si no quiere que le venda la boca – advirtió severamente el policía.

- Cobardes, infelices... –balbuceó Celestina y lloró amargamente de impotencia.

- Ud. prefirió escuchar antes que hablar –le fustigó el oyente y siguió bebiendo su refresco, con muestras de cansancio.

- Póngase bien, señora, le vamos a llevar a su casa junto a sus hijos –le tranquilizó el policía sorpresivamente.

- Y mi marido muriéndose a golpes y torturas, hijos de la misma perra –le respondió la mujer sin vueltas y se incorporó para atacar al oyente que observaba impávido la escena.

- Piense en sus hijos, su marido responderá por sí mismo –aconsejó el hombre mientras sostenía los brazos de Celestina.



Abren la puerta y aparecen tres policías más. Le agradecen a los dos encargados y le invitan a la mujer para marchar a su casa. Salieron al patio de la comisaría y una camioneta roja en marcha aguardaba. Le pusieron en el asiento de atrás, en medio de dos policías acompañantes. Salieron de la comisaría, Celestina logró detectar que el amanecer ya estaba pintando. Comprendió entonces que permaneció toda la noche bajo los designios de esos dos dementes, tan torturadores como los que molían a su marido y transmitían por el grabador.

- Ud. permanezca en su casa, no salga en ningún momento. No reciba visitas, no comente nada si quiere volver a ver a su marido. Espere noticias de nosotros, le llamaremos por teléfono –dijo el principal que comandaba en la patrulla, al dejarle en la puerta de su casa.

Celestina entró violentamente a su casa, gritó llamando a sus hijos. Abrieron la puerta, le abrazaron llorando dos adolescentes y una niña. Estaban con los abuelos y al momento preguntaron por su papá. La mujer, en vez de contestar, se largó a lamentaciones. No había forma de consolarle, los hijos buscaron la forma de saber algo.



- Está en la Tercera, preso y torturándosele –informó con mucho pesar y volvió a estrechar a su cuerpo sus tres hijos.

- Busquemos algún abogado y que presente el habeas corpus–sugirió uno de los adolescentes.

- A la mañana veremos qué hacer –dijo Celestina y apoyó la cabeza sobre su hija más pequeña.



En vano presentaron los recursos legales para poder asistir en su derecho al profesor Almada, los comisarios decían desconocer su paradero. Algunos dijeron que fue trasladado al Departamento de Seguridad, otros a la Técnica y demás, sostenían que directamente fue llevado a la lejana cárcel de Emboscada. Pasaron los días y ninguna noticia sobre Martín.

Celestina andaba delicada de salud, no pudo reponerse de aquella noche de terror. Fue al sanatorio del barrio y ningún médico quiso atenderle, por miedo a las autoridades de la Seccional colorada que amenazaban a todos los vecinos, para no solidarizarse con la familia Almada que había caído en las fauces del dictador. Los mismos colegas del colegio justificaban el apresamiento diciendo que el profesor mezclaba la educación con la política y la docencia con el sindicalismo. No respetaba el programa del Ministerio de Educación, hacía leer textos prohibidos clandestinamente a los alumnos. Lideraba a algunos docentes que pretendían formar un sindicato independiente. Tenía contactos con las Ligas Agrarias que eran consideradas subversivas por el Ministro del Interior. Como también con un grupo de estudiantes e intelectuales que estaban conformando un brazo armado para la guerrilla urbana, denominado Organización Primero de Marzo(OPM).

Una noche, después de que los hijos habían dormido, Celestina recibe una llamada. Presintió que traía alguna novedad importante sobre el misterio de su marido. Saltó de la cama, tomó el teléfono desesperadamente. No escuchó nada, lo pasó al otro oído y sintió que alguien respiraba agitadamente del otro lado sin responder.

- Hola..., hable..., quién es..., responda..., - atendió al que le escuchaba.

- Ud. es la señora Celestina –preguntó la voz de un hombre en el teléfono.

- Sí, por supuesto –contestó intrigada Celestina.

- Espere, señora, le van a hablar de la Central de Policía – dijo el hombre que fungía de supuesto secretario.

- Le habla el jefe de policía, señora, le rogamos que venga a retirar el cuerpo de su marido lo antes posible...-agregó como un heraldo fatídico y cortó agresivamente.

Celestina no terminó de escuchar toda la frase y cayó desplomada como atravesada por cien espadas. El teléfono siguió su mano y su cuerpo quedó sentado contra la pared. No pudo soportar tanto dolor asestado por mentes tan inhumanas. La tortura en el alma es más mortal que la del cuerpo. Así demostraron al mundo Martín y Celestina, cómo se ofrecieron en cuerpo y alma en pos de la libertad y la dignidad humana.



Diciembre, 2002



* Relato extraído del libro inédito "El maleficio y otras maldades del mundo" del escritor paraguayo Gilberto Ramírez Santacruz.



Tel. 00595/21/425345 - E-mail: almada@rieder.net.py - fundacion@rieder.net.py
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